INTERCAMBIOS CULTURALES




UN CAMBIO DE AIRE



"El viajar es vivir"
-Hans Christian Andersen



Me levanté, creo que no había dormido nada. Mi cabeza estaba saturada. Me arreglé, recogí mi cuarto, tendí mi cama, me despedí de mi perrita Canela y ayudé a subir mis 4 maletas grandes a la camioneta.

Un 29 de julio de 2010 emprendí un largo y exhaustivo viaje hasta Kolding, Dinamarca. Con tan sólo 17 años recién cumplidos había atravesado el continente y viajado más de 22 horas por primera vez, sola.

Debo admitir que no entendí la magnitud del asunto hasta que me subí al primer avión. Mi cabeza adolescente no captaba que no iba a estar presente 11 meses en lo que era mi vida. Mi familia, mis amigas, mi novio, mi casa, mi cuarto y todo lo que me hacía ser yo se quedaba atrás. ¡bruta! pensé, todavía no es muy tarde para arrepentirme, pero ya estaba rumbo a mi primer destino.

Desde que llegué me sorprendí, soy niña del desierto, ver tanto árbol me asustó. Estaba nublado, no parecía que el sol se hubiere manifestado en todo el día y el aire, ufff ¡el aire! era tan fresco y nuevo que en el momento en el que subí mis 4 maletas gigantes como pude a mi carrito supe que estaba en el lugar correcto.

La primera noche fué difícil, era como despertarse después de una borrachera y no saber donde estás. Mi familia, con la que tuve la dicha de quedarme, siempre se portó atenta y se preocupaban para que me adaptara.

¡Qué difícil! no sé de lo que hablaban la mayoría del tiempo, había tomado clases de danés previas al intercambio, pero no entendía nada. Después me dí cuenta que era porque estaban hablando en holandés.

El primer día de escuela me mató, quise llorar un 80% del tiempo, parecía como en la película de Mean Girls cuando Lindsay Lohan no encuentra donde sentarse y come su lunch en el baño, sólo que en mi caso fué una mesa muy cerca de los baños. Extrañaba a mi gente, a mi familia, mis amigas, mi novio, hablar español, batallar con la escuela.

La clase de gym fue un trancazo cultural, nadie me aviso que todos se bañaban juntos después de educación física y desnudos totalmente. Nunca volví a ir.

Lo más maravilloso y fructífero de esos 11 meses fuera, se basaron en la gente que conocí. Tengo amigos de todo el mundo, siempre hicimos un esfuerzo para vernos cuando podíamos. Salíamos de fiesta, me reía hasta que ya no podía más, dormíamos en parques, viajábamos, nos perdíamos, aprendimos otros idiomas, comimos (y bastante porque aún lo sigo bajando) pero sobre todo, vivímos.

Extraño esa sensación de sentirme tan libre y espontánea, no tenía problema alguno para entablar conversación con cualquier persona. Éramos rockstars, invencibles y espíritus libres.

Aunque tuviera días malos, nunca, absolutamente NUNCA, le mostré tristeza a mis papás a través de Skype, ¿porqué?

1. Porque una madre mexicana como la mía, se hubiera subido al primer avión al verme triste.

2. Estaba y estoy TREMENDAMENTE agradecida por la oportunidad que me dieron.

3. Sabía que era mi decisión quedarme triste y no hacer nada al respecto.



Me perdí muchas cosas en mi ausencia, quinceañeras familiares, mi propia graduación con mi generación de prepa, enfermedades, operaciones, pero nunca me derrotaba, sabía que estaba ganando mucho más estando allá y que era una oportunidad que solo sucede una vez en la vida.

Creo, que si supiera ser como esa niña ahorita, sería muy felíz. Vivía al día, sabía que cada día era contado y que tenía que aprovecharlo al máximo. Tenía que disfrutar a mis amigas, tenía que comerme esa maldita kartoffler (papa) porque en México comemos arroz.

Viajé, conocí infinidad de lugares, escribí un blog sobre eso y cada que me acuerdo de algo, por más insignificante que sea, no puedo dejar de sonreír como tonta. En verdad lo disfruté, lo extraño, siempre hablaré de eso porque es la oportunidad que me dió la vida de cambiar y ser la persona que soy.

Son como retiros espirituales. Un 12 de junio de 2011 me levanté, no dormí nada, cerré mis maletas y a la mano de mi host mom y de mi mejor amiga brasileña nos fuimos al aeropuerto. Ya estaba desesperada por llegar a mi casa, ver a mi familia y lo entendí: hay cosas en la vida que tienen una fecha de caducidad, pero no porque terminen deben de quedar en el olvido, lo platico porque me enorgullece decir que fuí parte de ello y que será parte de mi vida, siempre.

El reencuentro fue increíble. Se me pone la piel chinita con tan sólo pensarlo, nada como ver a mi mamá, estaba tan preocupada porque llegara que rastrearon mi vuelo desde que salí de Dinamarca. Casi no llego y dramáticamente fuí la útlima en salir del avión y de la sala de equipaje, no fué mi culpa, no llegó una de mis maletas.

Por imposible que parezca, esa niña de 17 años me inspira a ser feliz, a querer vivir la vida y disfrutarla tanto. Aprovechar a mis amigas y quererlas tanto, como quise a los que tuve la fortuna y honor de conocer allá. 

Crecemos, pero siempre hay que acordarnos de nuestros niños interiores para vivir la vida como solíamos hacerlo.

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